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Para pasar el tiempo en la pandemia, los ancianos se vuelven creativos

By Nicole Brodeur, The Seattle Times on

Published in Senior Living Features

SEATTLE — Cuando John Suzick se mudó al centro de vida asistida Brookdale Assited Living en el oeste de Seattle, su unidad de 700 pies cuadrados se sintió muy bien. Tenía vista al agua y espacio para todo lo que necesitaba. Comodidad.

Luego, llegó el COVID-19, obligando a los residentes de Brookdale a quedarse encerrados. El área de comedor estaba cerrada, las comidas se entregaban a sus puertas, y las paredes comenzaron a cerrarse.

No más caminatas al banco, a Bartell's o al restaurante tailandés que a Suzick le encanta. No más comidas con los otros residentes o sus partidas de póquer habituales con sus amigos.

"Me frustré por estar encerrado en mi pequeño cuarto", dijo Suzick, de 99 años, quien ha vivido en Brookdale durante cinco años. "Me siento como en la cárcel".

Recordó que leyó un libro del famoso catcher y manager de béisbol Yogi Berra, y pensó: "Si él puede escribir un libro, yo también".

"Así que empecé a escribir el libro", dijo Suzick. "Notas aquí, notas allá".

Escribió sobre sus abuelos, su madre inglesa y su padre esloveno, que se conocieron en Minnesota. Escribió sobre su época como piloto de la Armada, volando aviones por todo el mundo. Escribió sobre haber sido entrenador de fútbol americano, sobre sus hijos. Y mucho sobre su esposa, Frances, quien murió hace 10 años. Estuvieron casados durante 65 años.

"Lo hice por las circunstancias aquí, estar en cuarentena, no tener a nadie con quien hablar, estar solo", comentó Suzick. "Eso me resuelve un problema. Me motivé porque me sentía confundido. Pensé, tengo que hacer algo".

El COVID-19 ha hecho más que poner un candado en las puertas de las casas y viviendas de ancianos en todo el país. Los ha motivado a aprender nuevas habilidades y finalmente a emprender proyectos largamente pensados.

Algunos dicen que los ha mantenido en marcha, y seguros. En cuarentena, pero creativos.

Poco después de que cerraran las puertas de Merrill Gardens en Burien a mediados de febrero, Elaine Boswell pasó por la sala de actividades y vio a la gente haciendo tapabocas. Se sentó para unirse a ellos y, al final del recuento, había hecho 50 de ellos en una tela de batik que le encantó.

"Me cansé de eso y ahora estoy tejiendo", dijo Boswell, que tiene 100 años. "Siempre quiero tener algo que hacer. Si me siento en una silla, me quedo dormida. Necesito algo para que mi cerebro trabaje".

Como Suzick, Boswell es extrovertida y prospera en compañía de los otros residentes y su familia. Es lo que la ha llevado a los 100, "y el haber nacido en los alocados años 20, creo, ayudó", agregó. "Dios me dio un buen comienzo".

Así que el primer mes de cuarentena fue "un desafío. No podemos salir, no podemos dar caminatas", dijo. "A ningún sitio excepto al médico".

Boswell solía ir a la casa de su hija a jugar cartas, o recibir invitados en Merrill Gardens. Ya no.

"Pero tenemos la hora feliz todos los viernes en línea", dijo. "Tomar una copa de vino y hablar durante una hora".

En su cumpleaños número 100 hace unos meses, una de las enfermeras vino a la puerta y dijo que tenía una amiga esperándola en el vestíbulo.

"Traía puesta mi bata de baño y mi cabello no estaba arreglado, pero bajé", dijo, riéndose un poco.

Su vecina, Terry Kriedeman, de 87 años, pasó las primeras semanas extrañando los juegos de cartas con sus cuatro hijas y amigas.

"Fue muy devastador para mí", dijo, y añadió que intentó llenar las horas a solas jugando a las cartas en línea, haciendo rompecabezas, jugando al sudoku y leyendo.

Luego llegó el Día de la Madre, y la hija de Kriedeman le regaló un juego de pintura por números. Era más bonito que la mayoría, con flores preciosas y colores bonitos. Ninguna de las dos lo había visto antes.

"Lo compró porque pensó que llevaría mucho tiempo completarlo", dijo Kriedeman, "y créeme que así es".

 

Al principio, Kriedeman no podía ver muy bien los números, así que se puso un par de lupas con luces a cada lado, y algo hizo clic.

"Me encanta", dijo Kriedeman. "Soy adicta a ello".

Su hija, Delilah Dale, no podía creer cuando Kriedeman sostuvo una pintura terminada solo días después de comenzarla.

"Se volvió absolutamente loca trabajando en ellos", dijo Dale. "Pensó que tendría el primero terminado para la próxima Navidad, pero ha hecho tres desde junio".

Saber que sus padres están seguros, y son creativos, da a las familias un gran consuelo.

"Durante mucho tiempo fue una preocupación para nosotros, encontrarle cosas que hacer", dijo Dale de su madre. "Esto ha sido un gran desafío para ella, pero lo ha superado. Me hace sentir bien saber que tiene algo que le gusta hacer, y que estamos compartiendo su éxito en ello".

La hija de Suzick entiende porqué su padre se ha dedicado a la escritura.

"Se enfrenta a la mortalidad y quiere que sus hijos recordemos todo sobre él", señaló. "Cuando estábamos creciendo, el lema era: 'Cuando las cosas se ponen difíciles, los fuertes se ponen en marcha'".

Y el COVID-19 ha sido especialmente difícil para su familia.

En el cumpleaños 99 de Suzick, su familia no pudo hacer más que cantarle desde seis pies de distancia mientras estaba en la puerta de Brookdale.

Se acabaron los viajes en coche que solía hacer con su hijo, Sada Simran Khalsa, a la playa de Alki, donde estacionaban el coche, veían el agua y hablaban. El anciano Suzick hablaba de su época como piloto de la Armada, su matrimonio, su época como entrenador de fútbol americano en la Renton High School. Khalsa, que cambió su nombre cuando se convirtió al sijismo, habló de su práctica del yoga y de su matrimonio con su novia de la preparatoria.

Luego, Brookdale tuvo que cerrar y, cinco semanas después del cumpleaños de Sidick, Khalsa, de 67 años, contrajo COVID-19 y fue hospitalizado. Le quitaron el respirador justo antes del Día del Trabajo y ya respira por sí mismo.

"Ha sido muy difícil para nosotros, y para mi hermano, con quien mi padre realmente pasó mucho tiempo", dijo la hija de Suzick, Mary Anne. "Él hablaba con él todos los días, y papá no lo tiene para hablar".

Hace un mes, Merrill Gardens empezó a permitir que los residentes bajaran a comer, y luego, algún tiempo después, a cenar, pero solo dos personas por mesa.

"Estamos muy distanciados", dijo Kriedeman, "pero es fabuloso. Puedo ver a viejos amigos".

Se lo toma todo con calma y se siente afortunada de que nadie ahí tenga COVID-19, ni nadie de su familia.

"Estoy agradecida por las cosas que tengo", señaló Kriedeman. "No me estoy concentrando en las cosas que no podemos hacer o no tenemos. Esta es la vida, ahora. Y no va a cambiar en mucho tiempo".

Pero ella y los que son como ella pueden cambiar, un cuadro, una palabra, un tapabocas a la vez.

– Este texto fue traducido por Kreativa Inc.

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