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Casados por décadas, separados por el COVID-19e

By Paige Cornwell, The Seattle Times on

Published in Senior Living Features

SEATTLE — Cuando la pandemia de COVID-19 forzó a la nación al confinamiento, las instalaciones de cuidados a largo plazo fueron las más aisladas. Los residentes de los asilos de ancianos, las alas de vida asistida y las unidades de cuidado de la memoria de Washington fueron limitados a sus habitaciones. Sin tocarse, sin paseos, sin conexiones.

Mientras tanto, sus seres queridos estaban afuera, hablando por teléfono, dejando paquetes de cuidados y saludando desde los estacionamientos. Esas reglas se están relajando, pero con límites estrictos; incluso el agarrarse de la mano aún no está permitido.

Estas restricciones tuvieron un impacto específico en las parejas en las que uno de los cónyuges vivía en un centro y el otro en otro lugar. Han pasado la mayor parte de su vida juntos, y se suponía que su separación inicial era la parte más difícil. Se aseguraron de que todavía hubiera visitas, excursiones al aire libre, incluso vacaciones. Podían seguir estando con su pareja, su ser amado.

Hasta el confinamiento.

Durante tres meses, The Seattle Times siguió las experiencias de algunas parejas separadas por los confinamientos relacionados con el COVID-19 en las instalaciones para ancianos. Estas son las historias de quiénes son, cómo se las arreglaron y dónde están ahora.

Don y Sheila Belcher

Casados durante 60 años

Don: Vive en la instalación de vida independiente para personas de la tercera edad CRISTA

Sheila: Viviendo temporalmente en el CRISTA Rehabilitation Center

En la ventana de la habitación de su esposa en el CRISTA Rehabilitation Centeren Shoreline, Don Belcher pegó un collage de cartón que esperaba animara el día de Sheila Belcher. Hacia afuera se ven imágenes de pizza de espinacas, lo que revela que se trata de cajas de pizza.

Pegadas sobre ellas y mirando hacia adentro están las fotos de su vida juntos. Cada tres o cuatro días, él cambia las fotos: sus hijos adultos con sus familias; su hijo cuando tenía tres años regalándole una flor a su madre; su primer nieto y su prometida, radiantes de alegría; una escena de su almuerzo del 60 aniversario.

Si Sheila, de 84 años, no se hubiera caído y se hubiera fracturado un hueso del tobillo, la pareja estaría junta en su apartamento en Cristwood Park, a unos minutos a pie del centro de rehabilitación en el campus de CRISTA. Ella comenzó su recuperación en CRISTA a principios de marzo, justo cuando comenzó el confinamiento.

Más de 60 años después de su matrimonio, Sheila y Don Belcher se separaron por mucho tiempo. Dos veces al día, todos los días, Don, de 86 años, da vuelta a la esquina desde la entrada del edificio, a través de un matorral de flores, hasta la ventana, donde Sheila está esperando. Ella toma una llamada en el teléfono fijo de la habitación y oye la voz de su marido.

"¿Cómo estás, cariño?", le pregunta. "¿Recibiste las manzanas?"

Antes de sus visitas matinales, él hace una lista de correos electrónicos, mensajes y tarjetas que ha recibido, hechos noiciosos y opciones televisivas nocturnas de las que quiere contarle. Esta noche, están planeando ver un programa de misterio. Él traerá los artículos y la comida que ella haya ha pedido, como las rebanadas de manzana que esstán sobre su charola. Él le comenta sobre su suéter amarillo; ella dice que está aburrida ahí sin él.

"Él viene dos veces al día, me guste o no", bromea mientras hablan por teléfono.

Sus conversaciones giran en torno de sus recuerdos compartidos. Se conocieron en Filadelfia, donde ella estudiaba historia medieval y él cursaba la escuela de medicina. Durante 10 años enseñaron en Ghana y Etiopía, donde Sheila dio a luz a uno de sus hijos en un dormitorio.

Se mudaron a Seattle de forma permanente en la década de 1970. A Sheila le gustaba conocer a los estudiantes internacionales de las universidades de Seattle; en total, su familia acogió a 100 estudiantes de otros países a lo largo de los años. Don dice que Sheila es la persona más interesante que ha conocido, con una risa que se puede oír al otro lado de la habitación.

"Estos recuerdos nos elevan más allá de nuestras circunstancias y preocupaciones inmediatas", afirma. "Y nos hacen agradecer de nuevo por nuestro largo viaje juntos".

Sheila tiene que permanecer en la instalación hasta que pueda soportar peso en su tobillo. Una vez que pueda, dice Don, "la tendré de vuelta".

"Adiós, cariño", le dice a su esposa a través de la ventana. "Te amo. Espero verte esta noche".

Actualización: Sheila se ha mudado de nuevo a la unidad de la pareja en la instalación de vida independiente. "Estamos contentos de estar juntos de nuevo", comentó Don.

Pan y Bob Smith

Casados durante 45 años.

Pan: Vive en el hogar familiar para adultos de Edmonds

Bob: Vive en su casa en Edmonds

El invierno pasado, Pan Smith no tenía problemas para caminar o hablar. Quizá se perdiera, o lo que decía a veces no tenía mucho sentido, pero dado que le diagnosticaron Alzheimer, su familia se sentía afortunada.

Reconocía a los visitantes, y tenía muchos de ellos entrando y saliendo todos los días, hasta el confinamiento. A los dos meses de no ver a su marido e hijos, Pan, que tiene 71 años, estaba postrada en la cama, incapaz de comer o sentarse por sí misma.

Su esposo por 45 años, Bob Smith, vio el declive de su esposa a través de FaceTime.

"Aquí mi esposa está enferma con esta enfermedad espantosa, y no puedo tomarla de la mano, no puedo estar con ella", dijo Bob, de 71 años, que vive en la casa de la pareja en Edmonds. "Me estaba matando".

Pan Smith (su apodo es "Pan", aunque no corregiría a nadie si la llamara "Pam") se mudó a un centro de cuidado de la memoria en diciembre pasado, ya que su demencia empeoró hasta el punto de que no estaba segura en su casa. El primer mes fue genial, dice Bob. Recibía visitas de familiares, amigos y miembros de su iglesia, donde trabajaba como recepcionista y era conocida como la "señora de los dulces" porque repartía caramelos.

 

Después de que la instalación cerrara sus puertas a los visitantes, Bob y Pan se contactaban usando un iPad, aunque ella no siempre entendía cómo usarlo. Luego los residentes empezaron a reportar síntomas de COVID-19, y las enfermeras estaban demasiado ocupadas para ayudar a Pan con el iPad. Ella no entendía por qué no recibía visitas; a Bob le preocupaba que ella o los otros residentes pudieran pensar que eran mantenidos como rehenes.

"Con el Alzheimer, el tiempo es un bien sagrado, y las semanas, horas, meses son muy sagrados", dijo su hija Molly (Smith) Machado. "No tengo ninguna duda de que nuestra ausencia la afectó drásticamente. Era evidente que mi mamá estaba pasando por un trauma, tenía miedo, estaba asustada y sola".

Alrededor del mismo tiempo que se dio el brote del centro, Pan fue hospitalizada por problemas de salud no relacionados con el coronavirus. Durante la tercera visita al hospital, dio positivo para COVID-19, aunque no afectó sus pulmones como lo ha hecho con otros ancianos. Causó que su demencia empeorara. Cuando la dieron de alta, los médicos dijeron a la familia que necesitaría cuidados paliativos.

Debido a que se considera que está en una situación terminal, Bob pudo visitarla, primero en el centro de cuidados de la memoria y luego cuando la trasladaron a un hogar familiar para adultos con otros cinco residentes. Le habla, le toma la mano, la alimenta, lo cual toma alrededor de una hora. Pone una grabación de ella cantando cuando tenía 16 años que su hijo digitalizó de un cassette. Sus cejas se levantan cuando escucha su voz. Parece reconocerlo, el hombre al que conoció a través de amigos en el Área de la Bahía y con el que se casó en 1975.

"Sabe quién soy porque no se emociona tanto al verme como cuando ve a uno de los chicos", dijo. "No sé si tal vez piensa que soy yo el que la encerró".

No está seguro de si el confirnamiento la hizo declinar más rápido. Pero desearía haber podido visitarla todos los días. Ella habría estado mejor así, indica.

"Es simplemente triste", comentó. "Queríamos más tiempo".

Actualización: Pan Smith permanece en el hogar familiar para adultos. Continúa decayendo, afirmó su hija.

Diane y Jim Lewan

Casados durante 44 años

Diane: Vive en su casa en Federal Way

Jim: Vive en una casa familiar para adultos

Han pasado cinco meses desde que Diane Lewan vio por última vez al hombre con el que este mes cumple 44 años casada. Ha pasado más o menos el mismo tiempo desde que tuvieron una conversación.

Viven cerca el uno del otro. Diane, de 90 años, vive en su casa de Federal Way; Jim Lewan, de 85, vive en una casa familiar para adultos cercana. Pero sus conversaciones telefónicas no han ido bien porque Jim no puede hablar. Verse en persona, separados por el espacio y un confinamiento pandémico, es demasiado para Diane.

"Vernos y no poder comunicarnos, y lo único que podíamos hacer era saludarnos con la mano, para mí es demasiado emocional", comentó. “Verlo y realmente no visitarlo”.

Incapaz de usar sus piernas debido a un derrame cerebral, Jim pasa la mayor parte del tiempo en una silla de ruedas o en cama. Su expresión verbal está limitada a unas cuantas palabras, así que las visitas antes de la pandemia consistían en sentarse juntos y ver televisión. Jim miraba a la pantalla y decía "vaya". Le diagnosticaron Alzheimer, pero normalmente podía reconocer a su esposa.

El 13 de marzo (Diane sabe la fecha exacta) fue a verlo y le dijeron que no podía. Había una restricción, y no podría ver a su marido hasta que la pandemia se asentara. Dios sabe cuándo va a ser eso, comentó.

Los dos se conocieron en lo que fue esencialmente una cita a ciegas en una cena. Diane tenía un boleto extra para una cena organizada por Washington Mutual, donde trabajaba, y su gerente le sugirió que llevara a su amigo. Se conocieron en el evento, y "las cosas parecieron encajar". Pero no tuvo respuesta de él, así que lo llamó ella misma. Así es como empezó. Disfrutaban de su compañía mutua y se divertían mucho.

Diane estaba divorciada y tenía cuatro hijas, y Jim nunca se había casado. Ella básicamente le propuso matrimonio, recordó riendo.

Después de que él se retiró de Boeing, la pareja llenó su tiempo con salidas a almorzar todos los sábados y viajes en cruceros. Disfrutaban de la compañía del otro.

Su declive comenzó en 2016, después de su primer derrame cerebral. Luego vinieron las lesiones en la cabeza, más accidentes cerebrovasculares y los traslados a un centro de rehabilitación y, finalmente, a la casa familiar para adultos.

Ella está en contacto regular con su cuidador y se siente segura de que su salud es estable. El cuidado no es lo que le preocupa. Se pregunta cuánto sabe él de lo que está pasando: ¿Sabe realmente que Diane no está allí? ¿Entiende por qué no está?

"Es difícil no poder verlo y saber que está bien y asegurarle que yo también estoy bien", dijo. Una de sus hijas la visita unas cuantas noches a la semana y ayuda en la casa.

Diane va al supermercado, usando un tapabocas, por supuesto. Pero echa de menos a su marido. Tal vez, piensa, es en realidad más difícil para ella que para él.

"Realmente extraño su compañía y su sentido del humor", comentó. "Es tan triste que sea tan buen compañero y que esto le ocurriera a él. Que le pase esto no parece justo".

"Dios sabe" cuándo Diane volverá a ver a Jim. Solo espera que su marido la recuerde.

Actualización: Diane Lewan visitó a Jim a principios de septiembre, en su aniversario número 44 de bodas. Durante su encuentro al aire libre y socialmente distante, ella le relató su luna de miel en Westport y su noche en una taberna local, aunque él no pudo recordarlo. Cuando ella se despidió, fingió lanzarle un beso, y él le devolvió un gesto con los labios. "Se ve bien y está siendo atendido, así que al menos estoy contenta con eso", dijo.

– Este texto fue traducido por Kreativa Inc.

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